Soy Laura y soy alcohólica… Imprimir E-mail
Escrito por Laura Q.

Al momento de escribir este testimonio llevo sobria tres años, siete meses y nueve días, abstención que he logrado gracias a la ayuda que me brindan los grupos de Alcohólicos Anónimos.

Soy una activa ejecutiva de 47 años, separada dos veces, sin hijos, con poca familia y pocas amistades o sea que soy una solitaria… No vale la pena que cuente con detalle los problemas que tuve antes de reconocer que tenía problemas con el alcohol porque ¿La verdad? No tengo ese terrible listado de metidas de pata o ese horrendo prontuario que la gente espera escuchar de boca de una alcohólica que se confiesa, sin embargo reconozco que protagonicé ciertos impases, algunos de carácter íntimo muy vergonzosos, que quisiera borrar de mi vida.

Son muy pocas, poquísimas las personas que sospecharon o se dieron cuenta que yo tenía problemas con el alcohol porque mi obsesión por cuidar mi imagen y por brillar en mi trabajo fueron mayores a mi obsesión por beber, asunto que contribuyó a que me costara muchísimo trabajo descubrir y aceptar que era alcohólica puesto que yo sentía y transmitía que tenía mi vida bajo perfecto control.

Mi fondo fue una crisis de salud que se complicó gracias a que, para beber, interrumpía el tratamiento debido a que una de las drogas no se podía mesclar con alcohol porque se producían efectos colaterales graves… En vista de que el doctor notaba que cada vez mi salud empeoraba, indagó e indagó hasta que sospechó lo que me ocurría, me confrontó y me ordenó consultar a un psiquiatra.

Yo no toleré que el médico me acusar de alcohólica entonces dejé de verlo y busqué a otros especialistas en mi enfermedad pero seguí manipulando los diferentes tratamientos para seguir bebiendo, hasta que mi salud se quebrantó tanto que aterrada tuve que volver con el médico inicial dispuesta a obedecerle en todo.

Aún sin aceptar mi problema de alcoholismo tuve que acceder a consultar un psiquiatra, dejé de beber y seguí mi tratamiento médico al pié de la letra, entonces comencé a ver que mi salud mejoraba pero fue tan terrible mi desespero por beber que comencé a aceptar que tenía un problema con el alcohol entonces busqué información al respecto pero todo lo que encontraba me aconsejaba ir a los grupos de Alcohólicos Anónimos asunto que no me gustaba porque la imagen que yo tenía de esos grupos provenía de películas en que los mostraban como de una especie de ridícula secta casi que religiosa donde un pocotón de viciosos arrepentidos y fracasados se reunían a ventilar sus trastadas e intimidades… 

El terror a perder mi salud irreversiblemente fue lo que me mantuvo alejada de la bebida durante algunos meses pero la ansiedad, la obsesión, el mal humor y todo ese desespero que produce la abstención me estaban enloqueciendo… ¿Será que voy a Alcohólicos Anónimos? ¡No! Esa ridiculez no era para mí entonces, en menos de seis meses, cambié de psiquiatra, consulté dos psicólogos y nada, hasta que no aguanté más, suspendí los medicamentos y volví a beber.

En ese momento mi enfermedad estaba cediendo, sin embargo yo era consciente de lo que me pasaría por no seguir correctamente el tratamiento y, a pesar de eso, solamente lograba cuatro o máximo cinco semanas de abstersión pero dejaba de tomar mis medicamentos  para poder beber y en cada recaída bebía con más ímpetu… Viví un año terrible, un infierno, abrumada por las culpas y el miedo… Miedo a enfermarme nuevamente, miedo a que en mi trabajo y mis allegados descubrieran mi problema con la bebida, ¡Miedo a todo! Y me volví paranoica.

Hasta que un día cualquiera buscando unos datos de trabajo en mi vieja libreta de apuntes, me topé con la información que tiempo atrás había recopilado sobre Alcohólicos Anónimos y me pregunté: ¿Qué pierdo con ir? Si no me gusta o veo que no me sirva pues me salgo y listo, no pasó nada…

Preparándome para ir a mi primer encuentro con A.A.,  me preocupé más por imaginar la clase de gente que iba a esas reuniones, me preocupé por vestir de una manera que ocultara mi status social y económico, me preocupé por ocultar mi identidad y me preocupé tanto por un montón de banalidades que  ni se me ocurrió pensar que iría a un sitio en donde podría encontrar algunas respuestas a las tantas preguntas que yo tenía y aprender algo sobre mi problema.

Llegué al sitio justo a la hora y entré rápidamente para no darme tiempo a arrepentirme; antes de sentarme en la silla más apartada que encontré, alcancé a dar una ojeada rápida a la concurrencia, entonces noté que había unas 20 personas, más hombres que mujeres, pero había gente de todas las edades y de todos los estratos pero todos conversando animadamente como amigos y me llamó la atención que algunos me hacían amables señas de saludo como si ya me conocieran. A pesar de la evidente cordialidad generalizada, yo me sentía de mejor familia que todos y sentía que estaba en el lugar equivocado.

El que parecía ser el moderador o director se levantó de su silla y saludó al grupo en voz alta e inmediatamente el recinto quedó en silencio y todo el mundo se puso de pié buscando la mano de las personas que cada cual tenía a su derecha e izquierda, entonces yo, sintiéndome ridícula, terminé cogida de la mano con los dos personajes que estaban a mis lados.

Una vez que todos estuvimos cogidos de la mano de alguien, el grupo al unísono recitó la oración de la serenidad, asunto que se me hizo patético puesto que, con esa alergia que yo le tengo a todo lo religioso, creí que se confirmaban mis temores de que estos grupos eran una especie de comunidad mística.  

Al finalizar la oración todos nos sentamos, en tanto yo, recordando las películas y parodias donde dramatizan la mecánica de estos grupos, supuse que ahora pasaría al frente algún tipejo de estos que, con esa sonrisa socarrona tan falsa como una moneda de cuero, diría su nombre, se declararía alcohólico y que después del aplauso del grupo comenzaría a hablar de lo maravillosa que era la vida sin tomar trago…

Pero no fue así… El moderador abrió un libro y evocó el primero de los doce pasos y en seguida leyó un corto párrafo que hacía referencia a la importancia de dar este paso y, después de hacer un breve comentario personal de la lectura, comenzó a darle la palabra a quienes levantaban la mano.

Yo estaba tan ocupada analizando a la gente por su vestimenta que no pude o no me interesó escuchar con cuidado los primeros testimonios que dieron, hasta que una niña de unos 15 años, llorando, comentó que cada vez que ella pensaba que no podía beber ni un solo trago por el resto de su vida se deprimía y que se resistía a aceptar que era alcohólica, pero que se había mantenido seca por miedo a que le volviera a ocurrir que se despertara desnuda con un desconocido y sin saber cómo había llegado ahí ni qué había pasado.

De inmediato se me volteó el estómago porque ese testimonio me hizo recordar unos episodios que yo tenía enterrados muy profundo y que no quería recordar…  Si, a mí me había ocurrido algo parecido: En dos ocasiones terminé en la cama no con desconocidos pero si con hombres con los que jamás me hubiera acostado estando sobria y por ese motivo fue que nunca volví a beber acompañada ni fuera de mi casa.

Después de escuchar ese testimonio que tanto me impactó comencé a escuchar atentamente lo que decían todos pero lo que más me gustó fue que, en la medida en que la gente daba testimonios, el moderador buscaba en sus libros alguna breve lectura que sirviera de ayuda para cada caso y me causó curiosidad que se notaba que él conocía los libros casi de memoria porque encontraba rápidamente lo más adecuado y pese a que era evidente su extenso conocimiento del tema no hacía comentarios de su propio pecunio.

Cuando se acabó la reunión salí despavorida porque sentí miedo de quedarme a charlar con “esa” gente… ¿Miedo de qué? No sé, el caso es que no me quise arriesgar a quedarme y que alguien me preguntara el porqué yo estaba ahí.

Una vez que llegué a mi casa noté que me sentía tranquila, no tenía la ansiedad de siempre por beber y sentí una paz que no experimentaba desde hacía mucho tiempo;  a pesar de mi negación tuve que reconocer que la dichosa reunión me había gustado y me había servido entonces consulté mis notas para ver cuando era la próxima reunión.

Para ir a la siguiente reunión mi actitud había cambiado bastante al punto que esta vez llevé mi libreta para anotar lo que considerara importante o lo que no entendiera y me esmeré por escuchar todo lo que se decía. No puedo negar que me alegré cuando expusieron unos testimonios muy desgarradores que me condujeron a compararme y a pensar que yo no era alcohólica porque jamás había protagonizado cosas tan terribles… Sin embargo mi dicha duró poco porque el moderador hizo una lectura sobre “tocar fondo” entonces entendí que cada persona tiene su propio fondo y que, en mi caso, no era necesario llegar más bajo para entender que tenía problemas con el alcohol ¿Qué más fondo que abandonar recurrentemente mi tratamiento para beber y así exponerme a quedar lisiada de por vida?

Tal vez en la cuarta o quinta reunión a la que fui pude comprender que el programa de Alcohólicos Anónimos es espiritual, es algo interior, del alma y pareciera estar diseñado para que uno haga cambios en su carácter que le permiten armonizar consigo mismo y con su entorno, asunto que no tiene nada que ver con lo religioso, entonces mi perspectiva del asunto dio un giro de 180 grados porque, a pesar de oponerme a seguir pastores y ritos religiosos que considero doble-moralistas, yo sí creo en Dios y escuchando que en A.A. ni siquiera hablan de un dios sino que hablan de una fuerza, de un ser superior que para mí es Dios pero que para otros puede llevar otro nombre y que incluso también tiene forma para los ateos que no creen en que exista Dios pero sienten que hay una fuerza cósmica que rige el universo, entonces pensar en un poder o en un ser superior no riñe con ninguna creencia ni posición religiosa.

En la medida en que continué asistiendo a las reuniones de Alcohólicos Anónimos fui conociendo el programa de los 12 pasos y aprendiendo muchísimas características de la enfermedad al igual que mecanismos para controlarlas pero tal vez lo que más me ayudó en un principio fue entender que el alcoholismo realmente es una enfermedad entonces me resultó más fácil reconocer definitivamente que yo era alcohólica y que mi problema sí tenía solución.

Sin importarle mi cambio tan positivo y mi constante asistencia a los grupos, mi médico no aceptó que prescindiera de la ayuda psicológica  o psiquiátrica por lo que me puse en la tarea de encontrar un psicólogo especializado en adicciones y tuve la suerte  de encontrar uno que orienta a sus pacientes basándose en los doce pasos de A.A., entonces  él me ha ayudado a complementar todo lo que voy aprendiendo en mis reuniones de tal manera que no he tenido la necesidad de buscar un padrino del grupo. 

Es que sin la ayuda de un padrino es muy difícil entender y hacer bien el programa porque uno creería que el problema del alcohólico es el alcohol pero mi mayor sorpresa fue cuando, gracias a los grupos,  entendí que el meollo del asunto está en descubrir el porqué los alcohólicos necesitamos tanto de la bebida…  Siendo una profesional exitosa con una hoja de vida impecable,  no fue fácil reconocer que yo era una persona con una autoestima tan baja que me llevó a buscar la aceptación y la aprobación de los demás destacándome en lo profesional y en lo material; también descubrí y tuve que reconocer que tenía importantes defectos de carácter que dificultaron todas mis relaciones personales, asuntos que en conjunto fueron llevándome al caos emocional y de ahí mi necesidad de refugiarme en mi trabajo, en mi éxito laboral, en la soledad y en la bebida.

De manera muy humilde me atrevo a opinar que, por lo menos en mi caso, mi problema de alcoholismo surgió por mi errada actitud ante la vida pero, en la medida en que he ido entendiendo y controlando mis defectos de carácter, he logrado una existencia más armónica conmigo misma y con mi entorno, de tal manera que cada vez me resulta más fácil vivir tranquila y sin pensar en el alcohol.

Parece ser que a los alcohólicos nunca se nos quitan las ganas de beber porque la enfermedad es un monstruo que siempre estará ahí, al acecho y poniéndonos trampas para seducirnos, por eso es que la asistencia a los grupos es tan importante puesto que el grupo no solo nos ayuda a entender y manejar nuestra condición sino que también nos enseña a descubrir y a defendernos de las trampas que perennemente nos pone y nos pondrá la enfermedad.

No puedo decir que gracias a Alcohólicos Anónimos hoy en día viva en un paraíso porque lo cierto es que la vida es bella pero también es dura y el no beber no lo exime a uno de los problemas típicos de la existencia pero si le ayuda a encararlos desde una perspectiva más asertiva y obviamente la abstención lo libra a uno de agravar cualquier mala situación.

Un ejemplo de esto es el nuevo reto que estoy viviendo actualmente: La empresa donde trabajo está en mala situación entonces comenzó a reducir personal y hace poco me notificaron que yo sería una de las damnificadas.

Presa de la preocupación, deprimida y muerta de la rabia esa noche fui a mi grupo y llorando les conté a mis compañeros el problema. ¿Porqué a mi? ¿Por qué justo ahora que estoy en mi mejor momento en que dejé de beber? ¡Después de once años de darles a esos H.P. lo mejor de mí!

Al finalizar la reunión uno de mis compañeros me dijo: “Creer que por dejar el trago no volverás a tener problemas es igual a creer que por ser vegetariana puedes pasearte frente a una vaca recién parida pensando que no te va a atacar”. Una vez que dijo esto, sacó del bolcillo una tarjetica, me la entregó y sin decir nada más se fue.

En la tarjeta estaba impresa la oración de la serenidad y tengo que confesar que hasta ese día pude comprender el enorme valor de esta oración:

“Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar…  Valor para cambiar las que sí puedo y sabiduría para reconocer la diferencia.”

Para no aburrir a aquellos que lean estas palabras y para concluir mi testimonio, solo me queda por decir que lamento que en la televisión, en el cine y en la radio hagan parodias humorísticas o representen a los grupos de A. A. de una manera tan desdibujada de la realidad puesto que esto conlleva a que personas como yo nos formemos una idea errónea y que nos resulte más difícil tomar la decisión de buscar su  ayuda.  Creo que si los no alcohólicos también conocieran las filosofías espirituales de Alcohólicos Anónimos e intentaran vivir aplicando al menos parte de estas, no habría gente tan desdichada y este mundo sería muchísimo mejor.    

De todo corazón espero que mis palabras le sirvan a alguien y le agradezco a todo aquel que se haya tomado el trabajo de leerlas.

Ya para despedirme dejo este vínculo que conduce a una de mis páginas favoritas


- Los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos (Completo). 


Abrazos a todos y todas;


Laura Q.